Vivimos en una era donde reinan las interconexiones y los dispositivos electrónicos inalámbricos nos facilitan casi todos los aspectos de nuestra vida, mientras que al mismo tiempo nos hacen vulnerables a ciberataques. A día de hoy, se puede hackear prácticamente todo, desde coches hasta bombillas y sin embargo puede que la amenaza más inquietante sea la que tiene que ver con los implantes cerebrales: los expertos han demostrado lo fácil que puede ser corromper marcapasos o bombas de insulina, algo que podría llegar a tener consecuencias letales.

En un estudio reciente que he redactado junto con varios colegas del departamento de neurocirugía funcional de la Universidad de Oxford, discutimos sobre una nueva frontera en las amenazas de seguridad: los implantes cerebrales. El control no autorizado de los implantes cerebrales, o “brainjacking” como se conoce en inglés, ha sido un tema recurrente en la ciencia ficción durante décadas pero con los avances tecnológicos empieza a tratarse de una posibilidad real.

Qué es la estimulación cerebral profunda

El tipo de implante cerebral más común es el sistema de estimulación cerebral profunda (DBS, por sus siglas en inglés) que consiste en la implantación de dos electrodos en el cerebro conectados a cables que van por debajo de la piel y que transmiten señales desde un estimulador implantado. El estimulador está formado por una batería, un pequeño procesador y una antena de comunicación inalámbrica que permite a los médicos programarla. Básicamente funciona como un marcapasos con la principal diferencia de que el DBS interactúa directamente con el cerebro.

La estimulación cerebral profunda es una herramienta fantástica para el tratamiento de un amplio rango de enfermedades y se utiliza sobre todo para en el tratamiento de la enfermedad de Parkinson, muchas veces con resultados espectaculares (puedes ver el vídeo abajo), pero también para tratar la distonía (espasmos musculares), el temblor esencial y dolores crónicos graves. También se está probando su uso en enfermedades como la depresión o el síndrome de Tourette.

Al poder estimular diferentes zonas del cerebro con diferentes parámetros de estimulación, los neurocirujanos pueden tener un control cada vez más preciso sobre el cerebro humano, lo que les permite aliviar algunos síntomas molestos. Sin embargo, el poder controlar el cerebro de forma tan precisa junto con el control inalámbrico de los estimuladores también abre la oportunidad a que personas con malas intenciones puedan ir más allá de los daños relacionados con el control de bombas de insulina o de marcapasos, pasando a realizar ataques inquietantes.

¿Te pueden inocular la hipersexualidad o la ludopatía?

Los ejemplos de posibles ataques incluirían modificar la configuración de la estimulación para que los pacientes con dolores crónicos tuvieran incluso más dolores de los que tendrían sin la estimulación o en el caso de un enfermo de Parkinson quitarle toda movilidad. Si se trata de un agresor avanzado incluso podría inducir cambios conductuales como la hipersexualidad o la ludopatía, pudiendo hasta ejercer cierto tipo de control sobre el comportamiento del paciente estimulando partes del cerebro relacionadas con el aprendizaje basado en la recompensa para poder reforzar ciertas acciones.

Aunque estos trucos no resultarían tan fáciles porque requieren competencias técnicas avanzadas y la capacidad de monitorizar a la víctima, un agresor con la suficiente determinación podría lograrlo.

Se han propuesto algunas soluciones para hacer que los implantes sean más resistentes a los ciberataques pero los fabricantes de estos dispositivos lo tienen difícil a la hora de implementar medidas de seguridad: existe una contrapartida a la hora de diseñar un sistema con una buena seguridad y que se pueda realmente utilizar en el mundo real.

Los implantes están limitados por su tamaño físico y por la capacidad de la batería, lo que hace que muchos diseños sean inviables. Estos dispositivos tienen que ser de fácil acceso para el personal médico en el caso de una emergencia, lo que significa que tiene que haber algún tipo de “puerta trasera” (backdoor). Las nuevas opciones relacionadas con la posibilidad de controlar los implantes con un smartphone o por Internet deben sopesar los riesgos que dichas funciones acarrean.

1366_200031

Los implantes cerebrales son cada vez más comunes: se utilizan para tratar más enfermedades, son cada vez más baratos y tienen más funciones, lo que hace que el número de personas con implantes cerebrales vaya en aumento. Si bien se trata de una buena noticia, no podemos olvidar que al igual que la mayor complejidad e interconexión en la red se traduce en mayores riesgos de ciberseguridad, unos implantes más avanzados y con más opciones podrán estar en el punto de mira de los criminales.

Piensa en lo que podría hacer un terrorista si tuviera acceso a la mente de un político o los niveles de chantaje a los que se podría llegar si alguien pudiera alterar la forma en la que actúas y piensas. Son escenas que pueden dejar de ser parte de la ciencia ficción en un futuro no muy lejano.

Es importante tener en cuenta que no existen pruebas que sugieran que alguno de estos implantes haya sido hackeado en el mundo real o de que los pacientes que tengan algún implante debieran temer por su seguridad. Sin embargo, se trata de un tema que los fabricantes, reguladores, científicos, ingenieros y personal clínico debería considerar antes de que se convierta en realidad.

Aunque el futuro de los implantes neurológicos sea brillante, un mero incidente podría dañar de forma irreparable la imagen pública sobre la seguridad de estos dispositivos, de ahí que el riesgo de los ataques a implantes cerebrales haya de ser tomado en serio antes de que sea demasiado tarde.

Anuncios